jueves, 1 de octubre de 2015

Las otras víctimas de la noche del 26 de septiembre



El sábado 23 de mayo de este año se publicó en el periódico La Jornada una crónica conmovedora, pero también indignante. Cuando el artículo fue publicado estaban por cumplirse ocho meses de uno de los crímenes más atroces del actual sexenio a manos de la policía municipal y el ejército, solapados por autoridades locales y federales, en las afueras de la ciudad de Iguala, Guerrero. En la sección de Deportes de dicho diario se dedicaron unas cuantas líneas a las otras víctimas que sufrieron miedo y muerte, además de los 43 normalistas detenidos-desaparecidos y de los seis ejecutados extrajudicialmente.
Esas otras víctimas son los jóvenes miembros del equipo de fútbol de tercera división: Avispones de Chilpancingo.

No se trata de competir por recibir las migajas de “justicia” que ofrece el gobierno, tampoco por la mínima atención de los medios y mucho menos por una que otra consigna en las mensuales marchas que se llevan a cabo el 26 de cada mes desde septiembre del año pasado. Por el contrario, el grito contra la impunidad deberá ser expulsado de la garganta de todas las víctimas, ninguna abajo de la otra.

¡Vaya que los Avispones tienen demandas que gritar! Según la entrevista hecha por el periódico La Jornada, ellos consideran que han sido olvidados sus heridos y sus muertos. En el ataque del que fueron víctimas perdieron la vida Víctor Manuel Lugo, chofer del autobús que los trasladaba de la ciudad de Iguala a la capital del estado, y el jugador de 15 años, David Josué García Evangelista, el Zurdito, además que fueron heridos 12 integrantes más. Sin embargo, no se sienten parte de la demanda de justicia. Pareciera que las víctimas de Iguala sólo provienen de Ayotzinapa, pero aquella noche, el Estado mexicano demostró que la represión no tiene consideración en costos ni víctimas. Se demostró que no es requisito mantener una actividad política para sufrir en carne propia la represión; la población en general es blanco potencial, es enemigo potencial.

El relato de los hechos sufridos por este equipo de fútbol, del cual sus jugadores no pasan de los 18 años de edad, no es menos escalofriante que el de los normalistas de Ayotzinapa.

El aparente crimen de los Avispones fue ser un grupo de jóvenes viajando en un autobús celebrando su victoria lograda unas horas antes. No tenían 10 minutos de haber abandonado la ciudad de Iguala, cuando una camioneta con un comando armado abrió fuego sin chistar contra el equipo hasta sacarlos del camino. Miguel Ríos, herido por cinco impactos de bala aquella noche y entrevistado por el periódico La Jornada, relata que los atacantes intentaron abordar el autobús, pero al no lograrlo abrieron fuego nuevamente. Alguien gritó desde dentro del transporte que eran un equipo de fútbol, los atacantes rieron y los dejaron a su suerte. Parte de los jugadores corrieron al monte a refugiarse, pero no todos lo lograron. Algunos, como Miguel, quedaron tirados a un costado del camino, esperando ayuda. Aunque ellos en ese momento no lo sabían, es inevitable preguntarse ¿de quién recibirían ayuda si la policía y el Ejército fueron parte de los ejecutores y asesinos?

Pero aquí no termina el calvario sufrido por estas otras víctimas. Al igual que los normalistas, los jóvenes heridos fueron rechazados por múltiples hospitales de la zona. Tuvieron que pasar varias horas para recibir atención médica básica a pesar de que, por las heridas que tenían, cada minuto era decisivo para conservar la vida.

La orden para la policía y miembros del Ejército era clara: bloquear el derecho de las víctimas a acceder a la atención médica a través de hostigamientos y persecuciones hasta los centros de salud, bloqueando e instalando retenes en los caminos para impedir su paso, amenazando al personal de hospitales y clínicas, persuadiéndolos de no atender a cualquier persona con herida de bala.

Hoy, a casi un año de distancia de aquella noche de terror y muerte, los integrantes del equipo de los Avispones no logran superar el trauma por lo que padecieron. Aún se hacen presentes las secuelas del ataque, y no sólo psicológica o físicamente, pues al igual que las víctimas y los familiares de los normalistas, la familia del operador de autobús y la del Zurdito no han estado ni cerca de recibir justicia de cualquier tipo. Los ejecutores siguen sin recibir castigo, los encargados de investigar el caso lo han mandado al olvido y de la indemnización prometida por parte del gobierno no se ha visto ni un centavo.

Los jugadores han tratado de continuar con su vida y perseguir su sueño de ser deportistas profesionales a pesar del crimen atroz llevado a cabo en su contra. Pero… ¿es que acaso se puede continuar así en la impunidad? Si nosotros, como víctimas, como pueblo, olvidamos y dejamos de exigir justicia, entonces ¿quién lo hará? ¿Quién recordará a David Zurdito García o a Víctor Manuel? ¿Quién gritará consignas de “¡Justicia y castigo a los culpables por el ataque a los Avispones!” acompañada de las siempre presentes “¡Presentación con vida de los 43!” y “¡Justicia y castigo a los culpables de la ejecución de los seis de Iguala!”? ¿Quién lo hará?

Pues, como dicen, el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla.

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